lunes, octubre 3, 2022
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Cambiemos de verdad

Por Onofre Salvador

El proceso de construcción de un país institucionalizado, necesita el aporte de todos sus habitantes. Se entiende que es un proceso largo, matizado por altas y bajas, pero que no debe detenerse, si es que aspiramos a algo superior, donde exista un poco de equilibrio en el disfrute de los derechos individuales y colectivos.

Un simple ejercicio, bastaría para entender que estamos bastante atrás, sobre todo si nos comparamos con otras naciones, mismas que no se puede decir, tienen mejores condiciones que esta pequeña y fértil tierra, en la que se puede producir de manera favorable, colocándonos en paridad o muy cerca de otros.

Es entendible, que se han hecho y hacen grandes esfuerzos en el sentido de cambiar muchas cosas, pero a mi simple modo de ver o analizar, los antagonismos sociales, políticos, hasta empresariales, y de otra naturaleza, apañados por diversos intereses, no necesariamente santos, tienden a involucionar, aspectos con trayectoria positiva.

Si miramos unas décadas hacia atrás, estaríamos de acuerdo en que se han producido algunos avances en el plano institucional, mínimamente capitalizado, sin embargo, a estas alturas, pudiéramos estar muchos escalones más arriba, tal vez reclamando la mejoría de cosas completamente diferentes a las que nos molestan sensiblemente en estos días.

Es evidente, que estamos poseídos por una desagradable cultura reactiva, la que, lejos de ayudarnos, nos arrebata la posibilidad preventiva, esa que debe apoyarse en pensadas planificaciones, que nos quiten el estigma de actuar de manera reiterada a partir de los actos y sus consecuencias, no lo de atacar en la raíz con sentido sano, todo aquello que los provoca.

Ilustrando con simples ejemplos, ya tenemos unos cuantos casos de muertes violentas de ciudadanos, no justificadas ni debidamente aclaradas en el ámbito policial, lo que nos dice que por ahí andamos mal, sin que con esto se pretenda establecer que es obra exclusiva del presente, lo que refuerza los bajos niveles institucionales, culpa que debe ser compartida por todos los que han gobernado desde que nos zafamos de los oprobiosos regímenes de fuerza.

Tal vez se trata de un accionar exclusivo en nuestra querida tierra, eso de que cada administración gubernamental, se descuida de las cosas buenas que vienen de otras, lo que estropea la imprescindible continuidad estatal, dejando procesos a media o, si fuere el caso, desnaturalizando los mismos, impidiendo así el cumplido de los objetivos trazados.

Pienso y creo, aunque tenga la similitud de las utopías, que se torna urgente la unidad de criterio entre las fuerzas políticas, los sectores sociales, empresariales y demás, al menos en aquellas cosas que permitan al país tomar un sano y productivo proceso institucional, si es que no queremos seguir en el odioso círculo vicioso, donde solo se visualiza el desgarrador e injustificable atraso.

Ojalá cambiemos de verdad, es urgente, de lo contrario estaría de manera frecuente sobre nosotros, el pesado fardo de la falta de institucionalidad, propiciadora desde arriba hasta abajo, de los peores absurdos.

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