viernes, enero 2, 2026
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En una economía estancada, aumentar impuestos no acelera el crecimiento: lo ralentiza, porque reduce capital, incentivos y producción

“No puede haber prosperidad económica cuando el Estado absorbe, vía impuestos, una porción cada vez mayor del ingreso privado.”
— Ludwig von Mises

Por Jaime Rincon

La discusión sobre impuestos suele presentarse como un dilema moral: pagar lo justo, ser solidarios, que los ricos aporten más. Todo eso puede sonar razonable. Pero la economía tiene una particularidad incómoda: no negocia con discursos. Funciona con incentivos, costos, riesgos, flujo de caja y expectativas.

Y ahí es donde el aumento de impuestos, en un momento de crecimiento débil, se convierte menos en “solución” y más en freno.

La economía dominicana en 2025 ha mostrado señales claras de desaceleración. El propio Banco Central reportó que el crecimiento venía moderándose: entre enero y abril promedió 2.5 % interanual, muy por debajo de ritmos previos. Para enero–septiembre, el PIB real acumulado fue 2.2 %, y hacia el cierre del año las estimaciones oficiales rondaban un crecimiento cercano al 2.5 %. El anuncio inicial era de un crecimiento de 5 %.

No se trata de una recesión, pero sí de una economía que va perdiendo impulso. Y cuando el impulso baja, la política fiscal se vuelve bisturí: lo que cortes, duele.

A esta desaceleración se suma una alarma silenciosa pero relevante: la morosidad. La Superintendencia de Bancos informó que, al cierre del segundo trimestre de 2025, el índice de morosidad simple subió a 1.92 %, aumentando 0.51 puntos porcentuales respecto a junio de 2024. La morosidad estresada se ubicó en 7.49 %, también en ascenso.

Traducido al lenguaje llano: más personas y empresas están llegando tarde, renegociando o, sencillamente, dejando de pagar sus compromisos. Eso no solo afecta a los bancos; afecta a toda la economía, porque endurece el crédito, eleva provisiones, restringe préstamos y enfría aún más el consumo y la inversión.

En ese contexto, subir impuestos es como ponerle una mochila adicional a alguien que ya viene subiendo la loma sin aire.

Cuando la economía se enfría, el reflejo automático del Estado suele ser intentar compensar con mayores tasas impositivas. Es justo ahí donde la advertencia de Mises cobra plena vigencia.

Subir impuestos en una economía con bajo crecimiento no es una medida neutra. Es una extracción directa de recursos del sector productivo. Si se grava más a las empresas en un año flojo, se reduce capital de trabajo, se frena la expansión y se afecta el empleo. Si se cargan más impuestos al consumo cuando la morosidad sube, se reduce la demanda. Y si se encarece el trabajo formal, se empuja a más personas hacia la informalidad, disminuyendo productividad y base tributaria real.

Desde la perspectiva de la escuela austriaca, los impuestos no son simples instrumentos administrativos: son distorsiones que afectan decisiones reales. Murray Rothbard lo resumía sin rodeos al señalar que los impuestos dificultan, frenan y distorsionan la actividad productiva del mercado.

La paradoja es evidente: en contextos de desaceleración, subir impuestos puede terminar recaudando menos o, en el mejor de los casos, recaudando hoy a costa de dañar mañana. Se aprieta el limón cuando ya queda poco jugo, y el resultado suele ser menos inversión, menos crecimiento y mayor descontento social.

Si 2025 cerró con crecimiento moderado y señales claras de tensión crediticia, el orden lógico debería ser defender el motor productivo, mejorar la calidad del gasto público, eliminar ineficiencias y eliminar corrupción.

Porque en una economía lenta, el impuesto adicional no es una solución técnica: es fricción.
Y una economía con fricción no acelera. Se ralentiza.

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