Por Mayrelin García
Reinventarse no es un acto extraordinario ni una concesión a un discurso de moda. Es, en esencia, una condición de la vida misma. Todo lo que vive cambia, se ajusta, aprende, se transforma. Lo contrario no es la estabilidad, sino el estancamiento. Y el estancamiento, cuando se prolonga, termina afectándolo todo: las personas, los equipos, las instituciones y los propósitos que alguna vez dieron sentido al esfuerzo cotidiano.
Reinventarse no implica necesariamente abandonar un lugar, un rol o una trayectoria. Muchas veces ocurre en el mismo espacio, en el mismo círculo, incluso en la misma posición. La verdadera reinvención sucede hacia adentro: en la manera de mirar, de asumir responsabilidades, de responder a los desafíos y de entender que el tiempo no se detiene para nadie. Permanecer no es sinónimo de crecer; crecer exige movimiento, aun cuando el escenario parezca inalterado.
Quien se reinventa no reniega de su pasado ni desconoce su experiencia. Al contrario, la utiliza como base para construir algo nuevo. Reinventarse es tomar lo aprendido y ponerlo al servicio de nuevas energías, de proyectos distintos, de formas más maduras y conscientes de aportar valor. Es comprender que el rol que ayer fue suficiente hoy puede resultar limitado si no se expande, si no se cuestiona, si no se adapta a una realidad que cambia con rapidez.
El problema no está en ocupar durante años una misma función, sino en hacerlo sin evolución. La falta de crecimiento personal termina reflejándose en el entorno: se ralentizan los procesos, se apagan las ideas, se debilitan los vínculos y se pierde la capacidad de articular esfuerzos. Cuando una persona deja de crecer, su rol también se achica, y con él se estrechan las posibilidades de quienes dependen de esa función para avanzar.
Reinventarse es, en ese sentido, un acto de responsabilidad. No solo con uno mismo, sino con el espacio que se ocupa y con las personas que comparten ese camino. Implica reconocer cuándo es necesario aprender de nuevo, desaprender lo que ya no funciona y abrirse a otras formas de pensar y de hacer. Implica, también, aceptar que la comodidad puede ser el mayor obstáculo para la transformación.
La vida no premia la inmovilidad. Premia la capacidad de adaptación, la disposición a crecer y la valentía de asumir cambios, incluso cuando estos no vienen acompañados de aplausos inmediatos. Reinventarse es elegir avanzar, aun sin certezas absolutas, entendiendo que quedarse igual cuando todo alrededor se mueve no es neutralidad: es retroceso.
Al final, reinventarse no es una opción reservada para momentos de crisis. Es una actitud permanente. Es la decisión consciente de no convertirse en un punto muerto dentro del propio camino. Porque quien no tiene la capacidad de crecer en sí mismo, difícilmente podrá hacer crecer su rol, su entorno o el proyecto colectivo del que forma parte. Y sin crecimiento, no hay futuro que se sostenga.
Quien no se reinventa se convierte en un freno para sí mismo y en un obstáculo para los demás. Que nadie te frene ni sea tu obstáculo.



