miércoles, febrero 11, 2026
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¿Duarte está harto de flores?

Por Mayrelin García

Cada año, cuando llegan las fechas patrias, algunos repiten un ritual que ya conocemos de memoria: flores en el Altar de la Patria, palabras y fotografías cuidadas, así como publicaciones en redes sociales que declaran amor por la bandera y gratitud eterna a los Padres de la Patria. Es un gesto recurrente que parece incuestionable. Sin embargo, cabe preguntarse con honestidad incómoda: ¿qué tanto de ese patriotismo sobrevive después de la foto? Yo misma he participado en múltiples ocasiones, y cada actividad patriótica en la que he estado me ha emocionado siempre desde niña.

Duarte está harto de flores. No porque el homenaje sea innecesario, sino porque probablemente se ha vuelto insuficiente. Las ofrendas simbólicas tienen valor cuando representan convicciones vivas; pierden sentido cuando sustituyen o simulan la responsabilidad cotidiana. El problema no es colocar flores, sino creer que con eso basta.

El patriotismo no es un acto ceremonial; es una práctica diaria. No ocurre únicamente en febrero ni se limita a una agenda protocolar. Se manifiesta en la manera en que cumplimos la ley, en cómo tratamos el espacio público, en la forma en que trabajamos y en la ética con la que ejercemos funciones públicas o privadas. Celebrar a Duarte, Sánchez y Mella debería incomodarnos lo suficiente como para preguntarnos si estamos honrando el país que imaginaron o si estamos representando una versión escenográfica del compromiso nacional. Y esto aplica a todos: al sector público, al sector privado, a la academia, a las asociaciones de diverso tipo y al ciudadano de a pie.

Nos gusta la épica de la independencia, pero nos cuesta la disciplina de la ciudadanía. Admiramos el sacrificio histórico, pero a veces fallamos en el cumplimiento básico del presente: respetar las normas, rechazar la corrupción cotidiana que puede habitar en cualquier espacio, cuidar lo que es de todos y actuar con responsabilidad en nuestros entornos más cercanos. El patriotismo no es un sentimiento abstracto; es un comportamiento concreto.

Ser buen ciudadano es una forma de homenaje. Ser buen servidor público es otra. Cumplir con el rol que nos corresponde —desde el hogar, la comunidad, la institución o la empresa— es probablemente la expresión más honesta de amor a la patria. Porque el país no es una idea distante: es el resultado acumulado de nuestras decisiones diarias.

Las fechas patrias deberían servir como recordatorio, no como sustituto: recordatorio de que la independencia no fue solo un hecho histórico, sino un proyecto permanente que exige coherencia, integridad y compromiso sostenido. Si el patriotismo se limita a un acto simbólico, corre el riesgo de convertirse en una puesta en escena.

Tal vez la mejor forma de honrar a los héroes no sea preguntarnos cuántas flores colocamos, sino cuánto país construimos. Porque la patria no necesita más fotografías ni más flores; necesita más coherencia. Y esa no se deposita en un altar ni ante una estatua: se demuestra todos los días con cada una de nuestras acciones.

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