A propósito del Día de la Salud Mental, vale la pena detenernos —aunque sea por un momento— a mirar un factor que suele pasarnos desapercibido, pero que tiene un impacto profundo en nuestro equilibrio emocional: las personas que nos rodean, especialmente aquellas que amamos.
La salud mental no se construye únicamente desde adentro. No es solo el resultado de nuestra fortaleza personal, de la disciplina emocional o de las herramientas que aprendemos para gestionar el estrés. También es un reflejo directo del entorno afectivo en el que vivimos. De las palabras que recibimos —o que nos faltan—, de los gestos cotidianos, del apoyo sincero o de su ausencia.
Vivimos en un mundo que ya es, por naturaleza, exigente y pesado. Las responsabilidades, las presiones económicas, las expectativas sociales, las pérdidas, las frustraciones y el cansancio emocional forman parte de la vida adulta. A esa carga, muchas veces innecesariamente, le sumamos la frialdad, la indiferencia o el silencio de quienes están más cerca. Y eso pesa. Pesa mucho.
La falta de afecto no siempre se manifiesta en grandes abandonos. A veces se expresa en lo pequeño: en no preguntar cómo estás y esperar de verdad la respuesta; en no ofrecer una palabra bonita cuando el otro la necesita; en no dar un abrazo a tiempo; en olvidar un detalle que podría haber aliviado un día difícil. Son ausencias silenciosas, pero constantes, que van erosionando el ánimo, la autoestima y la sensación de seguridad emocional.
Desde una mirada de coaching, es importante entender que el ser humano florece en relación. Nos regulamos emocionalmente a través del vínculo. Un gesto de apoyo puede ser el ancla que evita que alguien se hunda; una palabra de reconocimiento puede devolverle el sentido a una jornada gris; un abrazo puede calmar una ansiedad que no se sabe explicar con palabras. No son cursilerías: son necesidades humanas básicas.
Así como las relaciones pueden ser una fuente de desgaste emocional, también pueden convertirse en el refugio más poderoso. En el afecto genuino, en la presencia real, en las pequeñas cosas compartidas —una conversación honesta, una risa, un café, un beso al salir de casa— encontramos no solo alivio, sino resiliencia. Esa capacidad de seguir adelante sin perder la paz interior ni la esperanza.
Cuidar la salud mental no es solo ir a terapia o practicar técnicas de autocontrol. Es, también, revisar cómo estamos siendo con quienes amamos. Preguntarnos si estamos aportando apoyo o sumando carga, si nuestras palabras construyen o hieren, si nuestra presencia acompaña o abandona.
Hoy, en este Día de la Salud Mental, tal vez el gesto más transformador sea algo mucho más simple: estar. Estar con afecto, con atención, con humanidad. Porque en ese intercambio cotidiano, silencioso y auténtico, se juega gran parte de nuestra paz y de nuestra posibilidad real de vivir con mayor felicidad.



