miércoles, enero 7, 2026
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Groenlandia en la mira de Trump: minerales estratégicos, rivalidad global y ambiciones geopolíticas en el Ártico

El renovado interés de Donald Trump por Groenlandia no es un gesto improvisado ni una excentricidad diplomática. Detrás de su insistencia en que la isla ártica debería formar parte de Estados Unidos confluyen razones estratégicas, económicas y geopolíticas que han ido ganando peso en los últimos años, en un contexto internacional marcado por la competencia por recursos críticos y la reconfiguración del poder global.

Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía del Reino de Dinamarca, es la isla más grande del mundo. Con una extensión superior a los dos millones de kilómetros cuadrados y una población que apenas supera los 56.000 habitantes, su valor no radica en su tamaño demográfico, sino en su ubicación y en lo que esconde bajo el hielo.

Trump manifestó abiertamente su interés por la isla poco después de ganar las elecciones de noviembre de 2024 y, ya instalado nuevamente en la Casa Blanca, ha reiterado en varias ocasiones que su control es necesario por motivos de “seguridad nacional”. Ha designado incluso un enviado especial para Groenlandia, una señal clara de que el tema forma parte de su agenda estratégica. La decisión provocó una inmediata reacción de rechazo por parte del gobierno danés, que volvió a exigir respeto a su soberanía.

Aunque el tono ha sido más enfático en su segundo mandato, la ambición de Trump sobre Groenlandia no es nueva. En 2019, durante su primera presidencia, llegó a describir una eventual compra de la isla como “un gran negocio inmobiliario”. En aquel momento, la iniciativa no prosperó y fue presentada como una idea secundaria. Sin embargo, el escenario internacional ha cambiado de forma sustancial desde entonces.

Históricamente, Groenlandia ha sido relevante para Estados Unidos por su posición estratégica. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió como punto clave para contener el avance nazi, y en la Guerra Fría fue fundamental para el control de las rutas marítimas entre Europa y América del Norte. Hasta hoy, Washington mantiene presencia militar en la isla a través de la Base Espacial Pituffik —antes Base Aérea Thule—, utilizada como sistema de alerta temprana ante misiles balísticos y como enclave estratégico entre el Atlántico y el Ártico.

No obstante, el verdadero atractivo actual de Groenlandia se encuentra en sus recursos naturales. Estudios geológicos recientes han revelado que amplias zonas del territorio no cubiertas por hielo albergan depósitos significativos de minerales considerados esenciales para la economía y la seguridad de las potencias industriales. Entre ellos destacan el cobre, el grafito, el niobio, el titanio y el rodio, además de grandes reservas potenciales de tierras raras.

Estos elementos —como el neodimio y el praseodimio— son fundamentales para la fabricación de motores de vehículos eléctricos, turbinas eólicas, sistemas de defensa y tecnologías avanzadas. Su demanda se ha disparado con la transición energética global y la apuesta por fuentes de energía más limpias. De hecho, el consumo mundial de tierras raras se ha multiplicado de manera exponencial en las últimas décadas, y todo indica que la presión sobre estos recursos continuará aumentando.

En este mercado, China ocupa una posición dominante. Controla buena parte de las reservas conocidas, lidera la extracción y concentra la mayor capacidad de procesamiento, lo que le ha otorgado una influencia decisiva sobre cadenas de suministro críticas para Estados Unidos y Europa. Este factor explica por qué Washington observa con preocupación cualquier avance chino en regiones ricas en minerales estratégicos.

Groenlandia no ha sido ajena a esa disputa. Empresas con capital chino han intentado participar en proyectos de infraestructura y exploración minera en la isla, como parte de una estrategia más amplia de presencia en el Ártico, incluida la llamada Ruta de la Seda Polar. Aunque algunas de estas iniciativas fueron frenadas o reconducidas, han contribuido a reforzar la percepción estadounidense de que Groenlandia es un espacio clave en la competencia con Pekín.

Durante su primer mandato, Trump ya había clasificado las tierras raras como materiales fundamentales para la seguridad nacional y promovido acuerdos de cooperación científica y tecnológica con Groenlandia. En su segundo periodo, ese enfoque parece haberse intensificado, impulsado también por la creciente influencia de actores empresariales ligados a la industria tecnológica y energética, especialmente del sector de los vehículos eléctricos.

Sin embargo, los expertos advierten que la explotación minera a gran escala en Groenlandia enfrenta obstáculos considerables. Las duras condiciones climáticas, la falta de infraestructura, los desafíos logísticos del transporte marítimo en aguas cubiertas de hielo y los largos plazos de inversión hacen poco probable una producción comercial significativa en el corto plazo. Incluso en escenarios optimistas, los beneficios económicos tardarían años —o décadas— en materializarse.

Por ello, más allá del cálculo inmediato de rentabilidad, la insistencia de Trump parece responder a una visión estratégica de largo aliento, anclada en una tradición histórica de la política exterior estadounidense. Algunos analistas la vinculan con la lógica del Destino Manifiesto, una doctrina del siglo XIX que justificó la expansión territorial de Estados Unidos bajo la idea de que el país tenía un derecho —y un deber— excepcional de asegurar recursos, territorio y seguridad para su desarrollo.

Esa concepción, que marcó profundamente la historia estadounidense, parecía superada por el orden internacional surgido tras las grandes guerras del siglo XX y la consolidación de normas multilaterales. Sin embargo, el discurso y las acciones de Trump sugieren una reinterpretación contemporánea de ese impulso expansivo, ahora proyectado sobre territorios estratégicos y recursos críticos en un mundo cada vez más competitivo.

Así, Groenlandia se convierte no solo en una isla cubierta de hielo, sino en una pieza clave de un tablero global donde se cruzan seguridad, energía, tecnología y poder. En ese cruce de intereses se explica por qué, para Trump, la isla es mucho más que un territorio lejano en el Ártico.

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