miércoles, enero 7, 2026
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La dignidad no se cotiza en la bolsa

Por Rocio Regalado


Reflexión para caballeros que entienden el valor real
En el mundo del poder, de los negocios y de la influencia, casi todo puede tasarse.
Los cargos, los honorarios, las posiciones, los accesos y hasta las alianzas suelen responder a una lógica de mercado. Sin embargo, existe un activo que permanece fuera de cualquier sistema de intercambio: la dignidad.
La dignidad no se compra, no se negocia y no se recompra.
Se posee o se pierde.
Es posible ocupar todos los puestos —formales e informales— y aun así vaciarse del único valor que sostiene una trayectoria cuando el ruido se apaga. Porque el verdadero capital de un hombre no es su agenda, ni su exposición, ni su narrativa: es su reputación. Y esa, a diferencia de otros activos, no admite operaciones de cobertura sin consecuencias.
Cuando alguien decide dañar la reputación de otro para cubrir su propio riesgo, suele hacerlo desde una lectura corta del beneficio inmediato. Cree que el movimiento le permitirá proteger su imagen, sostener su posición o evitar una pérdida mayor. Lo que no siempre comprende es el peso real de ese acto.
No todo daño es visible en el corto plazo.
No toda factura se cobra de inmediato.
La reputación no responde a la lógica del espectáculo, sino a la del tiempo. Y el tiempo —ese socio silencioso— termina revelando quién actuó con criterio y quién recurrió a maniobras narrativas para ocultar decisiones cuestionables.
Resulta especialmente delicado cuando quien fue autor intelectual de un daño hoy se exhibe en redes como voz experta, opinando con soltura sobre asuntos que exigen responsabilidad real, profundidad y coherencia. La autoridad no se construye con exposición, sino con consecuencias asumidas. No se legitima con discursos, sino con conducta sostenida.
Los temas serios no admiten simulación prolongada.
La forma puede impresionar un instante, pero el fondo siempre termina imponiéndose.
Para quienes entienden el juego —y sus costos—, la dignidad sigue siendo el único valor que no se somete a fluctuaciones. Puede permanecer intacta aun en la pérdida, o desaparecer incluso en la abundancia.
Porque al final, cuando el ruido baja y los cargos cambian, lo único que permanece es esto:
quién fue capaz de sostener su nombre sin sacrificar a otros para salvarse.
Y ese valor, precisamente ese,
no se cotiza en la bolsa.

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