Por: Dr. Rafael Guerrero Peralta
La reciente escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán ha colocado nuevamente al Estrecho de Ormuz en el centro de la tensión estratégica global. Aunque el conflicto se desarrolla en el Medio Oriente, sus implicaciones van mucho más allá de esa región. En un mundo profundamente interdependiente, las crisis en los corredores energéticos del planeta tienen la capacidad de alterar no solo la seguridad internacional, sino también el funcionamiento de la economía global.
El Estrecho de Ormuz es uno de los puntos geopolíticos más sensibles del sistema internacional. Por esta estrecha vía marítima transita aproximadamente una quinta parte del petróleo que consume el mundo. Cada buque petrolero que atraviesa sus aguas representa una pieza esencial del engranaje energético global. Por esa razón, cualquier amenaza sobre su operatividad genera inmediatamente nerviosismo en los mercados energéticos y financieros.
La actual confrontación ha reavivado temores que históricamente han acompañado a esta región: la posibilidad de hostigamiento naval, incidentes contra buques comerciales o incluso restricciones al tránsito marítimo. Aunque el estrecho no se encuentre formalmente cerrado, basta con que aumente el riesgo para que navieras, aseguradoras y operadores energéticos reaccionen. El resultado es inmediato: incremento en las primas de seguro marítimo, alteración de rutas comerciales y aumento en los precios del petróleo.
En el plano jurídico, la situación también plantea interrogantes importantes. El Estrecho de Ormuz está regulado por el régimen internacional de navegación establecido en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, que garantiza el tránsito continuo y rápido de buques de todos los Estados. En principio, ningún país puede suspender arbitrariamente ese tránsito. Sin embargo, cuando una crisis militar se desarrolla en torno a un corredor estratégico, el derecho y la geopolítica suelen entrar en una zona de tensión compleja.
Ataques deliberados contra buques mercantes o infraestructura energética civil podrían constituir violaciones graves del Derecho Internacional Humanitario. En escenarios extremos, incluso podrían surgir responsabilidades jurídicas bajo los principios que inspiran el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, particularmente si se produjeran ataques indiscriminados contra bienes civiles.
Pero el impacto de esta crisis no se limita a los actores directamente involucrados. América Latina y el Caribe también se ven inevitablemente afectados por cualquier perturbación en el sistema energético mundial.
El aumento del precio del petróleo repercute inmediatamente en economías dependientes de importaciones energéticas, como muchas naciones del Caribe y Centroamérica. El encarecimiento del combustible se traduce en mayores costos de transporte, electricidad y producción agrícola. En economías con márgenes fiscales estrechos, estas presiones pueden transformarse rápidamente en inflación y tensiones sociales.
Incluso los países exportadores de petróleo de la región experimentan efectos ambivalentes. Aunque el aumento del precio del crudo puede generar ingresos adicionales a corto plazo, una crisis energética global también puede provocar desaceleración económica internacional, afectando comercio, inversiones y estabilidad financiera.
El impacto también se extiende al comercio marítimo. América Latina depende en gran medida del transporte marítimo para su comercio exterior. Cuando los costos logísticos globales aumentan debido a tensiones geopolíticas o al incremento de las primas de seguro de guerra, las exportaciones e importaciones regionales se encarecen.
Existe además una dimensión geopolítica más amplia. Las tensiones entre grandes potencias tienden a proyectarse hacia otras regiones del mundo. América Latina, donde ya se observa una creciente presencia de actores extrahemisféricos como China, Rusia e incluso Irán, puede convertirse indirectamente en escenario de nuevas dinámicas de influencia estratégica.
Por otra parte, las crisis económicas globales suelen amplificar problemas estructurales ya presentes en la región: desigualdad, pobreza y expansión del crimen organizado. Cuando la economía se desacelera, las economías ilícitas encuentran terreno fértil para expandirse.
En consecuencia, un conflicto que aparentemente ocurre a miles de kilómetros de distancia puede tener repercusiones concretas en la estabilidad social y económica de América Latina.
La crisis del Estrecho de Ormuz nos recuerda una realidad fundamental del mundo contemporáneo: la seguridad internacional, la economía global y el derecho internacional están profundamente interconectados. Las guerras del siglo XXI ya no afectan únicamente a los países que participan directamente en ellas; sus ondas expansivas alcanzan a todo el sistema internacional.
Preservar la estabilidad de corredores estratégicos como Ormuz no es únicamente un asunto militar. Es, ante todo, una cuestión de equilibrio geopolítico, responsabilidad internacional y respeto a las normas que sostienen el orden global. Porque en un mundo donde gran parte de la energía del planeta pasa por un estrecho de apenas unos kilómetros, la estabilidad internacional puede depender, literalmente, de un corredor marítimo.



