¿Dónde aprendiste a amar?
A veces creemos que el amor es algo que simplemente sentimos. Que nacemos sabiendo amar. Pero con los años he comprendido que, aunque podamos nacer con una disposición natural hacia el bien, también aprendemos a amar observando, recibiendo y dando amor.
Yo aprendí a amar desde la luz que Dios puso en mí y que llegó conmigo al nacer. Y también aprendí a amar viendo a mi familia.
Porque creo que al mundo llegan seres humanos con distintas luces. Hay quienes parecen traer consigo una sensibilidad especial para el bien, la compasión y la solidaridad; y hay quienes, por sus circunstancias, sus heridas o sus decisiones, terminan alejándose de ellas. Por eso, no todos aprendemos a amar de la misma manera.
Yo tuve la fortuna de aprenderlo en casa.
Lo aprendí en el cuidado de mis padres.
En la bondad con la que trataban a todo el mundo, sin importar quién fuera.
Lo aprendí en ese principio sencillo, pero enorme, de que “aquí come todo el que llega”.
En compartir lo que había, incluso cuando no sobraba.
En brindar lo que teníamos.
En un saludo sincero.
En ser servicial con los vecinos.
En salir corriendo cuando alguien necesitaba ayuda o cuando sabían que a otra persona le había ocurrido algo.
Lo aprendí en el saludo sonriente a los desconocidos, en tratar con respeto a quien llegaba a nuestra casa y en hacer sentir bienvenido al que cruzaba nuestra puerta.
Lo aprendí incluso al donar aquello que ya no utilizábamos, pero hacerlo con cuidado, procurando que el otro lo recibiera sin sentirse menos, sin sentirse objeto de nuestra caridad, sin que su dignidad fuera tocada.
Porque eso también es amor.
Amar no es solamente decir “te quiero”.
Amar también es cómo miramos, cómo hablamos, cómo servimos, cómo compartimos, cómo ayudamos y cómo hacemos sentir a los demás.
Y quizás ahí comienza una de las conversaciones más importantes del coaching: preguntarnos no solamente ¿a quién amo?, sino ¿cómo estoy amando?
Porque nuestras formas de relacionarnos no aparecen de la nada. Muchas de ellas fueron aprendidas.
Aprendimos observando a nuestros padres.
Aprendimos de nuestros hogares.
Aprendimos de quienes nos cuidaron.
Aprendimos también de quienes nos hicieron daño.
Y cuando crecemos, tenemos una responsabilidad maravillosa: revisar aquello que aprendimos y decidir qué queremos conservar y qué necesitamos transformar.
Tal vez alguien creció en un hogar donde el amor se expresaba con abrazos.
Otro aprendió que amar era sacrificarse siempre por los demás.
Otro aprendió a confundir amor con control.
Otro aprendió a callar para evitar conflictos.
Otro aprendió que para ser amado tenía que demostrar constantemente su valor.
Y otro, quizás, tuvo que aprender a amar prácticamente solo.
Por eso, cuando hacemos coaching, cuando miramos nuestras relaciones y cuando intentamos comprender nuestras reacciones, también puede ser poderoso preguntarnos:
¿Dónde aprendí a amar?
¿Quién me enseñó lo que significa cuidar?
¿Quién me enseñó a pedir perdón?
¿Quién me enseñó a compartir?
¿Quién me enseñó a poner límites?
¿Quién me enseñó que ayudar al otro no significa olvidarme de mí?
¿Quién me enseñó que puedo amar sin poseer?
¿Quién me enseñó que puedo ser firme sin dejar de ser bondadoso?
Y, sobre todo:
¿Qué parte de mi manera de amar quiero seguir llevando conmigo y qué parte necesito desaprender?
Porque crecer también significa revisar nuestros aprendizajes.
Yo agradezco profundamente haber aprendido que amar podía estar en las cosas más sencillas.
En poner un plato más en la mesa.
En abrir la puerta.
En preguntar “¿cómo estás?” y realmente querer saber la respuesta.
En compartir.
En ayudar.
En sonreír.
En estar.
En respetar.
En dar sin humillar.
En correr hacia quien necesitaba ayuda.
En hacerle espacio al otro.
Quizás por eso hoy creo que el amor no debería medirse únicamente por lo que sentimos, sino también por la huella que dejamos en quienes se encuentran con nosotros.
Porque podemos decir que amamos mucho y, sin embargo, hacer sentir pequeños a quienes nos rodean.
También podemos decir muy poco y, con nuestros actos, hacerle saber a alguien que no está solo.
El amor que recibimos nos deja una primera enseñanza.
El amor que damos revela lo que hemos aprendido.
Pero el amor que elegimos practicar conscientemente habla de quién estamos decidiendo ser.
Y esa, quizás, es una de las preguntas más poderosas que podemos hacernos:
¿Qué tipo de amor estoy llevando al mundo?
Yo quiero seguir llevando aquel que aprendí en casa.
El que abre espacio.
El que comparte.
El que ayuda.
El que respeta.
El que sirve.
El que no necesita humillar para dar.
El que encuentra dignidad en cada persona.
El que todavía puede sonreírle a un desconocido.
El que, cuando alguien necesita ayuda, no pregunta primero “¿qué gano yo?”, sino:
“¿Qué puedo hacer por ti?”
Porque si algo aprendí de mi familia es que amar también es una forma de servir.
Y quizás, al final, todos deberíamos preguntarnos alguna vez:
¿Dónde aprendiste a amar?
Y después de encontrar la respuesta, hacernos una pregunta todavía más importante:
¿Qué estás haciendo hoy con aquello que aprendiste?




