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«El poder no siempre transforma a las personas: muchas veces simplemente revela quiénes eran»

Hace algunas semanas, una mañana antes de levantarme, todavía con la cabeza entre el sueño, comenzaron a aparecer ideas, frases, recuerdos y preguntas que se fueron acomodando solas, como un rompecabezas en mi memoria; como ocurre algunas veces, cuando una preocupación ciudadana lleva demasiado tiempo dando vueltas.

Y pensé en este artículo que hoy concluyo.

Pensé en cuántas personas se sentirían identificadas con él. Algunas quizá para asentir. Otras para molestarse. Algunas probablemente se pondrán el sombrero y otras intentarán quitárselo.

Pero hay algo que quienes conocen nuestra manera de escribir saben perfectamente: no lo hacemos para complacer egos, tampoco para halagar, sí para reflexionar.

Cuando tomamos la pluma para hablar de algo, lo hacemos porque existe una realidad que merece ser mirada de frente, aunque cause escozor. Quizás por eso este artículo pueda servirle de sombrero a mucha gente: El carguito como espejo.

Hay personas que durante años parecen humildes, cercanas, amables y hasta sencillas.

Pero llega un momento en que reciben una posición, una responsabilidad, una pequeña cuota de autoridad, y algo cambia.

A veces cambia su manera de hablar.

Otras veces, la manera de mirar.

Empiezan a sentirse diferentes. Más importantes y más necesarios. Como si el cargo les hubiera entregado una categoría humana que antes no tenían.

Y es ahí donde conviene detenerse.

Porque el cargo no necesariamente transforma. Muchas veces, revela.

Revela el ego, revela las inseguridades, revela la necesidad de reconocimiento.

Por eso una pequeña cuota de poder puede convertirse en un gran espejo.

El doctor Joaquín Balaguer, expresidente de la República, escritor y una de las figuras más influyentes de la historia política dominicana, dejó recogida esta reflexión en su obra «Los Carpinteros», donde aparece la conocida frase: Si quieres saber quién es Mundito, dale un mandito.

Dale a una persona una cuota de poder y observa quién aparece.

Cuando servir se convierte en mandar

Un cargo debería ser una oportunidad para servir.

Sin embargo, hay quienes lo convierten en una oportunidad para mandar.

Comienzan las pequeñas humillaciones.

El trato diferente.

Las puertas que antes estaban abiertas y de repente se cierran.

La gente que antes era bienvenida y ahora tiene que pedir audiencia.

El saludo que antes era espontáneo y ahora depende de si conviene.

Y algo todavía más preocupante: empiezan a confundir respeto con miedo.

Creen que mientras más personas les teman, más importantes son. ¡Eso es falso!

No entienden que el verdadero respeto no se exige, se construye.

El poder puede hacer que una persona se rodee de quienes le dicen permanentemente que tiene la razón.

Cuando eso ocurre es que esa persona dejó de escuchar, dejó de preguntar y hasta de aprender.

Termina viviendo dentro de un anillo de poder o una burbuja construida por aduladores.

Las rémoras del poder

Pero hay algo más.

Y quizás sea todavía más preocupante.

No todo el que ejerce influencia tiene un cargo.

Hay quienes no tienen nombre propio dentro de ninguna estructura de poder, pero viven alrededor de quienes sí lo tienen. Son los que salen en todas las fotos y están en todas las actividades.

Son los que se pegan, los que rondan, los que aparecen siempre cerca. Los que están disponibles para decirle al poderoso exactamente lo que quiere escuchar.

Muchas veces no pudieron llegar a una posición por mérito, trayectoria, capacidad o credibilidad.

Entonces encuentran otra forma de sentirse importantes: se acercan al poder.

Y desde esa cercanía comienzan a ejercer una influencia que formalmente no les corresponde.

Son las rémoras del poder.

Son los tumba-polvos, los lambones o pedigüeños del funcionario mediocre sin visión de país.

Los que hacen de la adulación una profesión y de la cercanía con quien manda, una especie de título que nunca pudieron obtener por méritos propios.

No tienen la silla, pero quieren sentarse en ella.

No tienen la firma, pero quieren decidir qué se firma.

No tienen el cargo, pero quieren que todos sepan que pueden influir sobre quien lo tiene.

Ahí comienza el peligro.

Porque algunos no utilizan esa cercanía para servir de puente entre el poder y la gente.

La utilizan para convertirse en filtro.

Para decidir quién entra y quién sale.

Quién habla y quién no.

Quién merece una oportunidad y quién debe ser excluido.

Quién es amigo y quién es enemigo.

No ordenan, pero sugieren.

No deciden oficialmente, sino que inclinan decisiones.

No construyen puentes, pero sí muchos muros.

Llevan una versión o traen otra. Son especialistas en la siembra de dudas.

Alimentan resentimientos, al punto de exagerar conflictos.

Crean enemigos donde quizás solamente había diferencias. ¿Sabes cómo terminan? Enfrentando a ese mismo que tiene el poder, con personas que podrían haber sido aliados, colaboradores o simplemente ciudadanos con derecho a ser escuchados. Incluso, a veces, se sienten por encima del poder; es cuando se convierte en una mitomanía, enfermedad.

Por eso hay que observar no solamente quién está sentado en la silla, sino también quiénes están alrededor de ella, aconsejando, filtrando y haciendo acercamientos. Igual, informando y también desinformando.

«Es que una persona verdaderamente valiosa cerca del poder no necesita adular», solo necesita decir la verdad.

No necesita alimentar el ego de quien manda, solo necesita recordarle que el poder es temporal.

No necesita convertirlo en un ser inaccesible, como pasa con la mayoría, necesita acercarlo a la gente… ¡Señores! El verdadero colaborador no es el que consigue que el poderoso se sienta grande. Es el que consigue que, teniendo poder, no deje de ser humano.

Y esto no ocurre solamente en los grandes espacios de gobierno, incluso en la familia, en una junta de vecinos y en una comunidad.

Basta con que alguien tenga la posibilidad de decidir sobre los demás para que aparezca la tentación de sentirse superior.

A veces basta una firma, una llave, un pequeño despacho, una silla en una mesa; de repente, alguien que ayer era uno más, comienza a comportarse de una manera extraña, como si hubiera sido coronado.

Ahí es donde deberíamos preguntarnos:

¿Qué hace el poder con nosotros?

¿Nos vuelve más humanos o simplemente nos permite mostrar lo que realmente llevábamos dentro?

El día después

Pero todo cargo tiene un día después.

Siempre estará al final.

Puede durar cuatro años.

Diez, o apenas unos meses. ¡No importa!

Todos los ciclos pasan: llega el día en que la oficina ya no es tuya.

La secretaria ya no contesta el teléfono de la misma manera. Ya te arruga la cara.

El vehículo oficial desaparece.

La gente que hacía fila para saludarte encuentra otra puerta.

Los teléfonos comienzan a sonar menos.

Y entonces aparece la pregunta que quizás debió hacerse desde el primer día:

¿Qué queda de mí cuando ya no tengo el cargo?

Hay una prueba sencilla para saber qué sembró una persona durante el tiempo que tuvo poder:

Observa qué sucede cuando deja de tenerlo.

Si quienes trabajaron a su lado todavía lo llaman.

Si quienes recibieron su ayuda todavía lo recuerdan.

Si quienes alguna vez tuvieron diferencias con él pueden saludarlo sin resentimiento.

Si quienes compartieron una mesa pueden volver a sentarse juntos sin necesidad de favores.

Si puede caminar por la calle y encontrar rostros que todavía le sonríen. ¡Eso dice mucho!

El poder puede comprar obediencia, puede conseguir aplausos, puede producir reverencias, pero no puede comprar auténticamente el cariño y mucho menos el respeto.

El verdadero legado

Al final, una posición debería medirse por cuántas personas pudo impactar de manera positiva.

Por cuántas puertas abrió.

Por cuántas oportunidades creó.

Por cuántas personas salieron adelante porque alguien decidió utilizar su posición para servir y no para imponerse.

Porque si después de pasar por un cargo lo único que queda son personas heridas, excluidas, resentidas o decepcionadas, quizás hubo poder, pero faltó grandeza.

Y la grandeza no está en cuánto manda una persona.

Está en cuánto bien puede hacer cuando tiene la posibilidad de servir.

Hay una frase que resume una filosofía de vida: Si no sirves para servir, no sirves para vivir.

No importa dónde esté la silla.

No importa el tamaño de la oficina.

No importa el apellido.

El valor de una persona no aumenta porque le entreguen un cargo. Tampoco disminuye cuando se lo quitan.

¡Señores!… ¡La vida pasa! Con la facturita debajo del brazo.

Quizás por eso conviene se prudentes con el poder.

Hoy puedes estar arriba ejerciendo el poder desde el odio, Mañana puedes estar abajo.

Hoy pueden abrirte todas las puertas.

Mañana quizás tengas que tocar alguna.

Hoy puedes tener decenas de personas alrededor.

Mañana puedes descubrir quiénes realmente estaban contigo y quiénes solamente estaban alrededor de tu cargo.

Y ese momento puede ser revelador.

Porque al final de la vida, y también al final de cada ciclo, nadie se lleva una oficina, tampoco una silla.

Lo que queda es la huella que dejaste, la memoria, el respeto y el cariño.

Y también, inevitablemente, la forma en que hiciste sentir a los demás.

Por eso quizás la pregunta más importante no sea:

¿Qué cargo tuve?

Sino:

¿Qué hice mientras lo tuve?

Porque puedes salir de un cargo y dejar detrás de ti una fila de personas que quieran abrazarte u agradecerte.

O puedes salir y descubrir que quienes te ven acercarte prefieren cambiar de acera. Ahí viene aquel!!

Y quizás ahí esté la verdadera enseñanza de este viejo refrán del carguito.

El poder pasa, las circunstancias cambian.

Cuando la silla queda vacía, es cuando finalmente se descubre de que tamaño fué quién estaba sentado en ella. Por eso reza otro refrán popular: «el hombre es como termina».

¿Y tú qué opinas acerca del poder del carguito?

Espero sea de tu agrado y beneficio esta humilde reflexión de una servidora.

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