InicioOpinión87 AÑOS DESPUÉS: LAS GUERRAS YA NO SON LAS MISMAS

87 AÑOS DESPUÉS: LAS GUERRAS YA NO SON LAS MISMAS

Por Dr. Rafael Guerrero Peralta

El 1 de septiembre de 1939 las tropas alemanas invadieron Polonia. Comenzaba una tragedia que durante seis años devastaría continentes, destruiría ciudades y dejaría decenas de millones de muertos.

Ochenta y siete años después, recordar aquella fecha obliga a formularnos una pregunta incómoda: ¿qué aprendió realmente la humanidad?

Después de 1945 construimos las Naciones Unidas, fortalecimos el derecho internacional, desarrollamos sistemas universales de protección de los derechos humanos y establecimos mecanismos destinados a impedir que semejante catástrofe volviera a repetirse.

Sin embargo, en 2026 la guerra continúa presente. Europa vuelve a conocer un conflicto de gran escala; persisten graves confrontaciones en otras regiones; las potencias incrementan sus capacidades militares y la amenaza nuclear, que creíamos confinada a los peores momentos de la Guerra Fría, vuelve a formar parte del lenguaje estratégico.

Pero existe una diferencia fundamental: las guerras y las amenazas de nuestro tiempo ya no son solamente aquellas que aprendimos a reconocer.

En 1939 la guerra llegaba con soldados, tanques y aviones. Hoy una nación también puede ser atacada, debilitada o desestabilizada sin que ningún ejército extranjero atraviese formalmente sus fronteras.

El crimen organizado transnacional constituye una de esas nuevas amenazas. Narcotráfico, tráfico de armas, trata de personas, lavado de activos, secuestro, extorsión, ciberdelincuencia y poderosas organizaciones criminales atraviesan fronteras y, en determinados lugares, disputan al propio Estado el control territorial y social.

A ello se agregan los grandes movimientos migratorios desordenados.

La migración no constituye un delito y sería injusto identificar al migrante con el criminal. Millones de seres humanos abandonan sus países escapando de la pobreza, la violencia, la persecución o la desesperanza.

Pero una cosa es proteger la dignidad humana y otra muy distinta renunciar al derecho de los Estados a controlar sus fronteras.

Cuando los movimientos migratorios se producen de manera masiva y sin controles suficientes, las organizaciones dedicadas al tráfico ilícito de migrantes, la trata de personas y otras actividades criminales encuentran espacios para operar. Humanidad y seguridad no son conceptos incompatibles.

Para la República Dominicana esta reflexión adquiere una importancia particular. Compartimos una isla con Haití, cuya profunda crisis institucional y de seguridad ha permitido que estructuras criminales armadas controlen territorios y comunidades. Nuestro país debe mantener su vocación humanitaria, pero tiene igualmente el derecho y la obligación de preservar su soberanía, controlar sus fronteras y garantizar la seguridad de su población.

El desafío es todavía mayor porque las organizaciones criminales modernas disponen de instrumentos que hace apenas algunas décadas pertenecían exclusivamente a los Estados: comunicaciones cifradas, drones, operaciones financieras internacionales y tecnologías capaces de funcionar desde cualquier lugar del planeta.

A ello debemos agregar la inteligencia artificial, los ciberataques, la desinformación y la posibilidad de afectar infraestructuras críticas sin disparar un solo proyectil.

La guerra del siglo XXI puede comenzar sin declaración de guerra.

Puede desarrollarse en una frontera, pero también en una computadora; mediante un arma, pero igualmente mediante una operación financiera; desde un territorio enemigo, pero también desde una organización criminal situada a miles de kilómetros.

Por eso la seguridad nacional contemporánea exige mucho más que ejércitos. Necesita inteligencia estratégica, tecnología, instituciones sólidas, control territorial y fronterizo, cooperación internacional y organismos de seguridad capaces de anticiparse a amenazas que evolucionan a una velocidad extraordinaria.

No estamos en 1939 y sería irresponsable afirmar que inevitablemente caminamos hacia una nueva guerra mundial.

Pero sería igualmente irresponsable ignorar las señales de nuestro tiempo.

La historia enseña que las grandes tragedias no comienzan necesariamente el día que posteriormente escogemos para recordarlas. Antes aparecen el debilitamiento institucional, la normalización de la violencia, las ambiciones de poder y la peligrosa convicción de que todavía será posible controlar los acontecimientos.

Ochenta y siete años después conocemos Auschwitz, Hiroshima, Nagasaki, Núremberg, el terror nuclear de la Guerra Fría, el terrorismo y las devastadoras consecuencias del crimen organizado transnacional.

Tenemos frente a nosotros el espejo completo de la historia.

Por eso la pregunta no es cuánto hemos aprendido.

La pregunta verdaderamente importante es:

¿Estamos utilizando lo aprendido?

Porque si alguna vez la humanidad vuelve a caminar hacia el abismo, esta vez no podrá alegar ignorancia.

Dr. Rafael Guerrero Peralta

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