En una era dominada por las redes sociales, hemos dejado a un lado la persona para construir una personalidad que necesita ser vista, escuchada y validada constantemente.
Por Rocío Regalado
Especialista en protocolo, liderazgo e imagen pública
Cuando Michael Jackson fue reconocido en la gala de los Grammy, el 24 de febrero de 1993, expresó una frase que todavía repercute en mi cabeza:
«Se siente bien que me consideren una persona y no una personalidad».
¿Por qué esa frase sigue teniendo tanta fuerza?
Nos hemos acostumbrado a querer ser vistos y escuchados, y a convertir nuestras vidas en un paso constante frente a las luces y las cámaras. Vivimos en acción permanente dentro de las redes sociales, mientras dejamos de ocuparnos de la persona que realmente somos.
Hemos dejado a un lado a la persona para hacernos sentir como celebridades de likes y seguidores mediáticos, muchas veces a costa de cualquier información o, peor aún, de la desinformación.
Es una era interesante porque, en realidad, tenemos dos vidas: la vida que nos entregaron al nacer y aquella que comenzamos cuando un día despertamos —a veces tarde— y nos damos cuenta de que tenemos que vivir, no para la gente, sino para nosotros mismos.
La vida es tan frágil que muchas veces no comprendemos que ser persona es lo que realmente importa.
Cuando eres importante para ti, te sientes merecedor de tus dones, tus talentos y tu amor. Cultivas valores extraordinarios y comprendes que una de nuestras mayores fallas es creernos extraordinarios mientras somos ordinarios en nuestra manera de tratar a los demás.
No vinimos solamente a heredar apellidos sonoros, casas de lujo, terrenos, villas, yates, aviones, carros deportivos, maletines de marcas ni cajas que nadie tiene.
También vinimos a heredar recetas que nadie escribió; tierras cultivadas con las manos de un señor o una señora que tuvieron visión, pero, sobre todo, un corazón noble y digno.
El verdadero patrimonio es aquel que no aparece en los inventarios de objetos, obras de arte, cosas materiales o cuentas bancarias.
El verdadero inventario permanece en aquello que una persona continúa haciendo mucho después de que quien se lo enseñó ya no está. Eso es continuar un legado.
Podemos hablar de los Carnegie, los Morgan, los Rockefeller y los Astor, pero también debemos aprender que detrás del carro de labranza va un camión de apoyo o de carga, no solamente uno de valijas.
La personalidad puede construirse para impresionar, llamar la atención o permanecer frente a las cámaras. La persona, en cambio, se revela en el trato, en la educación, en los valores, en la forma de responder y en aquello que deja sembrado en los demás.
Una personalidad puede conseguir seguidores. Una persona puede construir un legado.
En tiempos en los que todos desean ser vistos, quizás el verdadero poder esté en recordar quiénes somos cuando nadie nos está mirando.
Y tú, ¿en qué te estás convirtiendo: en persona o personalidad?
Rocío Regalado




