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El agradecimiento es la memoria del corazón

Por Mayrelin García

Hay frases que, de tanto escucharlas, terminan convirtiéndose en una forma de vivir. El agradecimiento es la memoria del corazón” es una de esas expresiones que Carolina Mejía suele repetir y que, según contó Deligne Ascención durante la Asamblea Nacional del PRM celebrada el pasado domingo, terminó adoptando de tanto escucharla.

Y quizá pocas frases resultaban más oportunas para el momento.

Al pronunciar sus palabras, Deligne no se limitó a hablar de organización, unidad o de los desafíos que tiene por delante el partido. También dedicó un espacio para agradecer a tantos compañeros y compañeras que, a lo largo de los años, han contribuido a la construcción del PRM y le acompañaron durante las distintas jornadas de su responsabilidad como secretario nacional de Organización.

En tiempos en los que muchas veces parece que solo importa quién está hoy, quién tiene una posición, quién puede abrir una puerta o quién puede ser útil para alcanzar determinado objetivo, detenerse a hablar de agradecimiento adquiere un significado especial.

Porque agradecer es recordar.

Recordar a quienes estuvieron cuando todavía no habíamos llegado. A quienes creyeron cuando nosotros mismos dudábamos. A quienes nos abrieron una puerta sin pedir nada a cambio. A quienes pusieron su nombre, su tiempo, sus conocimientos o sus relaciones a nuestro servicio. A quienes nos ofrecieron una conversación, un consejo, una oportunidad o, simplemente, su amistad.

También es recordar a quienes trabajaron tras bambalinas.

Esas personas cuyo nombre quizá nunca aparece en una fotografía, en un discurso o en un titular, pero cuyo trabajo fue determinante para que otros pudieran estar allí. El técnico que preparó un documento. La persona que organizó una actividad. Quien hizo una llamada. Quien construyó una propuesta. Quien aportó una idea. Quien resolvió silenciosamente un problema. Quien puso horas de trabajo, horas de su vida, sin reclamar protagonismo.

La vida pública, profesional y política está llena de esas historias invisibles.

Y quizás una de nuestras mayores debilidades como sociedad sea que, con demasiada frecuencia, recordamos a las personas mientras las necesitamos y las olvidamos inmediatamente cuando dejamos de necesitarlas.

Hay quienes llegan a nuestras vidas buscando una capacidad específica: conocimiento, contactos, influencia, experiencia, trabajo, respaldo, presencia o simplemente compañía. Mientras esa necesidad existe, la relación parece importante. Cuando el objetivo se alcanza, algunas personas pasan a ser prescindibles.

Eso no es gratitud. Es utilidad.

Y hay una diferencia enorme entre ambas.

Las personas no deberían convertirse en instrumentos desechables para alcanzar las aspiraciones de nadie.

Nadie debería ser valorado exclusivamente por lo que puede hacer por nosotros en un momento determinado.

Porque todos llegamos a algún lugar acompañados de otros.

Detrás de cada posición hay personas que enseñaron, orientaron, recomendaron, confiaron, acompañaron y trabajaron. Detrás de cada logro hay esfuerzos que no siempre aparecen en los créditos. Y detrás de muchas oportunidades hay alguien que, en algún momento, decidió creer en nosotros.

Por eso, agradecer no significa solamente decir “gracias”. Significa reconocer.

Reconocer que no somos completamente producto de nuestro propio esfuerzo. Que hubo manos que ayudaron a levantarnos, personas que nos señalaron caminos, amigos que permanecieron, compañeros que apostaron por nosotros y hasta desconocidos que, con un gesto oportuno, cambiaron el rumbo de una circunstancia.

Agradecer también implica recordar a quienes estuvieron en las etapas difíciles, no solamente a quienes aparecen cuando llegan los éxitos.

Porque es muy fácil rodearse de personas cuando todo marcha bien. Lo verdaderamente revelador es recordar quién estuvo cuando todavía no había nada que ganar.

En la política, esta reflexión adquiere todavía mayor importancia.

Los partidos y las organizaciones no se construyen únicamente desde sus estructuras formales. Se construyen con personas. Con militantes que caminan los barrios, con dirigentes que organizan, con técnicos que planifican, con profesionales que aportan conocimientos, con voluntarios que entregan tiempo y con hombres y mujeres que, muchas veces sin reconocimiento público, sostienen durante años el trabajo cotidiano de una organización.

Pero esta reflexión trasciende la política.

También ocurre en las instituciones, en las empresas, en los proyectos profesionales y hasta en nuestras relaciones personales. Personas que estuvieron cuando comenzábamos, que aportaron conocimientos, que hicieron un trabajo técnico imprescindible, que nos recomendaron, que nos conectaron con alguien, que nos dedicaron tiempo o que simplemente estuvieron allí cuando lo necesitábamos.

Por eso debemos preguntarnos: ¿qué hacemos con quienes nos ayudaron a llegar?

¿Los recordamos?

¿Los reconocemos?

¿Les agradecemos?

¿Seguimos llamándolos cuando ya no necesitamos nada de ellos?

Porque la gratitud verdadera no aparece cuando necesitamos nuevamente un favor. Se demuestra cuando ya no necesitamos nada y, aun así, somos capaces de mirar hacia atrás y reconocer el valor de quienes estuvieron.

El poder, las posiciones y las circunstancias cambian.

Las personas que hoy tienen una responsabilidad mañana pueden no tenerla. Las puertas que hoy se abren pueden cerrarse. Los teléfonos que hoy contestan pueden dejar de hacerlo. Y quienes hoy están en primera fila algún día pueden encontrarse nuevamente en el punto de partida.

Por eso conviene cuidar la memoria.

No olvidar a quien creyó en nosotros antes de que otros lo hicieran.

No olvidar a quien nos tendió la mano cuando la necesitábamos.

No olvidar a quien trabajó sin pedir reconocimiento.

No olvidar a quien nos dio una oportunidad.

No olvidar a quien permaneció cuando era más fácil marcharse.

Y, sobre todo, no olvidar que el éxito nunca debería convertirnos en personas ingratas.

Quizás una de las mejores maneras de medir el crecimiento de alguien no sea observar cuántas puertas ha logrado abrir, sino cuántas personas sigue recordando después de haberlas atravesado.

El agradecimiento no nos hace débiles. No disminuye nuestros méritos. No nos quita protagonismo.

Al contrario: habla de nuestra estatura humana.

Porque quien agradece reconoce que el camino nunca fue solamente suyo.

Y quizás por eso la frase tiene tanta fuerza:

El agradecimiento es la memoria del corazón.

Que nunca nos falte memoria para recordar de dónde venimos, quiénes caminaron con nosotros y quiénes, silenciosamente, ayudaron a construir el lugar en el que hoy estamos.

En ese espíritu, quiero también aprovechar estas líneas para reconocer y agradecer la labor titánica y el trabajo realizado durante estos años por Carolina Mejía, como secretaria general, y José Ignacio Paliza, como presidente del Partido Revolucionario Moderno.

Su entrega, dedicación y liderazgo forman parte de una etapa importante en la construcción y consolidación de esta organización política, y reconocerlo también es hacer justicia a la historia reciente.

A las nuevas autoridades, les auguro los mayores éxitos en la responsabilidad que asumen. Que puedan continuar construyendo sobre lo avanzado, fortalecer la unidad, escuchar a la militancia y mantener siempre presente que detrás de cada estructura, cada resultado y cada proyecto político hay personas que han entregado tiempo, esfuerzo, capacidad y esperanza.

Porque llegar lejos es importante.

Pero llegar lejos sin olvidar a quienes nos ayudaron a llegar dice mucho más de quiénes somos.

Quizás de eso se trata también la política, el liderazgo y la vida: de avanzar, transformar y alcanzar metas, pero sin perder nunca la capacidad de mirar atrás y decir, con sinceridad:

¡Gracias!

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