InicioOpiniónEl Caballo de Troya también milita en los partidos políticos y sus...

El Caballo de Troya también milita en los partidos políticos y sus corrientes

Troya resistió durante diez años el ataque frontal. Paradójicamente, terminó sucumbiendo cuando permitió que traspasara sus murallas aquello que creyó inofensivo. El verdadero peligro no llegó como enemigo.

Miles de años después, la expresión “Caballo de Troya” continúa vigente porque describe una de las formas más antiguas y efectivas de conquistar espacios de poder: entrar desde dentro.

En la política contemporánea, el caballo de Troya puede ser aquel que se integra, se muestra indispensable, proclama lealtad y consigue acceso a espacios de confianza, pero cuya actuación termina debilitando el proyecto al que dice pertenecer. Divide, crea fricciones, desacredita liderazgos, construye su propia parcela de poder y termina sirviéndose de la estructura, en lugar de servirle.

Los equipos políticos también tienen murallas: la confianza, la lealtad, la trayectoria, el compañerismo y un propósito común. Se construyen durante años, elección tras elección, recorriendo territorios, enfrentando derrotas y celebrando victorias.

Pero tienen una vulnerabilidad: para crecer, necesariamente deben abrir sus puertas.

Y ahí comienza el verdadero desafío.

Porque no todo el que llega diciendo que viene a sumar, suma. No todo el que proclama lealtad es leal. Y no todo aquel que intenta convertirse en indispensable resulta imprescindible.

El caballo de Troya de la política moderna no está hecho de madera. Viste bien, sonríe, participa en reuniones, aparece en fotografías, abraza compañeros y aprende rápidamente el lenguaje del proyecto.

Habla de unidad mientras provoca divisiones.
Habla de equipo mientras construye parcelas.
Habla de lealtad mientras calcula posiciones.

Su estrategia rara vez consiste en confrontar directamente. Es más sofisticada: susurra, sugiere, clasifica a unos como “trabajadores” y a otros como “problemáticos”; genera conflictos que después aparenta desconocer y procura convertirse en intermediario obligatorio entre el liderazgo y su propia gente.

Por eso, los proyectos fuertes no solo deben saber enfrentar adversarios; también necesitan inteligencia para reconocer aquello que puede debilitarlos desde dentro.

Un proyecto político se construye desde abajo: respetando los liderazgos territoriales, escuchando a quienes conocen sus comunidades, integrando y no desplazando, sumando voluntades y no fabricando enemigos internos.

La política exige generosidad, pero también memoria.

Hay que recordar quién estuvo cuando no había fotografías; quién caminó cuando todavía no existían posiciones que repartir; quién defendió el proyecto cuando hacerlo tenía costos y quién apareció cuando comenzó a percibir que aquel proyecto podía convertirse en poder.

No se trata de cerrar las puertas. Todo lo contrario: los grandes proyectos políticos tienen que sumar. Pero abrir las puertas no significa desmontar las murallas.

La unidad no puede confundirse con ingenuidad, ni la inclusión obliga a renunciar al criterio.

Los territorios tampoco se dirigen desde una libreta con nombres. Existen historias, liderazgos y afectos. Existen personas que han ganado y perdido elecciones, recorrido barrios, levantado estructuras y permanecido cuando no había cargos, cámaras ni posibilidades inmediatas de poder. Y eso merece respeto.

Las puertas deben estar abiertas, pero existe una enorme diferencia entre entrar a una casa para ayudar a construirla y entrar para decidir quién de los que ya vivían allí debe marcharse.

Los proyectos que aspiran a convertirse en grandes mayorías necesitan sumar, integrar y confiar, pero nunca deberían confundir cercanía con lealtad.

Porque la verdadera lealtad no se proclama: se demuestra. No desplaza: construye. No divide para hacerse necesaria: une.

En política hay que aprender a distinguir entre quien sirve al proyecto y quien se sirve de él.

Troya resistió durante años a quienes la atacaban desde fuera y terminó sucumbiendo ante aquello que ella misma permitió entrar.

Las murallas de Troya no fueron derribadas.
Las puertas fueron abiertas desde dentro.

Esa es, quizás, la enseñanza política más vigente de aquella vieja historia.

Y también una advertencia para los partidos políticos y para quienes, desde dentro de ellos, tienen la responsabilidad de conducir, cuidar y hacer crecer una corriente política.

Most Popular

Recent Comments