La verdadera reforma pendiente no está en la Policía Nacional, está en la educación
Por Rosanna Barrera
La muerte de otro joven obliga a preguntarnos si el verdadero desafío de la seguridad ciudadana está en la Policía Nacional o en las profundas debilidades del sistema educativo y de la institucionalidad dominicana.
La muerte del joven Darlin Enmanuel Mercado Reyes, de 19 años, en circunstancias que hoy son objeto de investigación, vuelve a estremecer la conciencia nacional. Una vez más, una familia llora la pérdida irreparable de un hijo. Una vez más, la sociedad se divide entre quienes exigen justicia y quienes esperan que las autoridades esclarezcan lo ocurrido. Pero, por encima de todo, este doloroso episodio nos obliga a formular una pregunta que lleva años esperando una respuesta: ¿ha dado resultados la reforma de la Policía Nacional?
Han transcurrido aproximadamente cinco años desde que el país inició el proceso de transformación de esa institución. Se han anunciado cambios, nuevos protocolos, inversiones millonarias, asesorías internacionales y la promesa de construir una Policía más profesional, más cercana a la ciudadanía y más respetuosa de los derechos humanos.
Sin embargo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cuáles son los resultados?
¿Se siente hoy el ciudadano más seguro que hace cinco años?
¿Ha recuperado la Policía Nacional la confianza de la población?
¿Por qué continúan ocurriendo hechos que generan indignación y vuelven a sembrar dudas sobre el proceso de reforma?
No nos corresponde a nosotros establecer responsabilidades penales en un caso específico. Esa es una labor exclusiva del Ministerio Público y de los tribunales. Pero sí nos corresponde hacer las preguntas que millones de dominicanos también se hacen.
¿Quién le devuelve ese hijo a su familia?
Nadie!
Y precisamente por eso el país no puede acostumbrarse a que estas tragedias se repitan.
La realidad es que la ciudadanía está cansada. Cansada de la delincuencia. Cansada de vivir con miedo. Cansada de no poder caminar con tranquilidad por las calles. Pero también cansada de sentir que muchas veces la respuesta institucional no logra devolverle la confianza que necesita.
Sería profundamente injusto afirmar que toda la Policía Nacional actúa de la misma manera. Esos son los menos. La Policía Nacional está llena de miles de hombres y mujeres que sirven con honestidad, sacrificio y vocación. Existen familias enteras que han dedicado su vida a esta institución con orgullo y dignidad.
El problema no son todos los policías. El problema son unos pocos que, con sus actuaciones, empañan el honor, el prestigio y el sacrificio de una inmensa mayoría que sí cumple con su deber. Esa mala actuación viene de altos rangos por luchas internas.
El problema también radica en que, durante décadas, el sistema no ha logrado erradicar las malas prácticas, fortalecer los controles internos ni consolidar una cultura institucional que sobreviva a los cambios de mando.
Cada nuevo director parece llegar con su propia visión. Cada gestión comienza prácticamente desde cero. No existe una metodología institucional sólida que trascienda a las personas y garantice continuidad.
Y así resulta muy difícil construir una verdadera transformación.
Pero hay una realidad todavía más profunda.
La verdadera reforma pendiente no está dentro de los cuarteles.
Está en nuestras aulas.
Porque antes de formar policías, el país forma ciudadanos.
¿Con qué nivel educativo llegan muchos jóvenes a las instituciones armadas?
¿Qué formación reciben durante su niñez y adolescencia?
¿Qué valores les transmitimos como sociedad?
No se puede aspirar a tener una Policía de excelencia cuando durante décadas el sistema educativo también ha mostrado profundas debilidades. La educación no consiste únicamente en aprender matemáticas o lengua española. También significa formar carácter, disciplina, respeto por la vida, manejo de conflictos, ética y sentido del deber.
Mientras esas bases no se fortalezcan, cualquier reforma policial encontrará enormes limitaciones.
También cabe preguntarse quién diseña realmente estas reformas.
¿Quiénes son los asesores?
¿Sobre qué realidad construyen sus recomendaciones?
¿Por qué seguimos invirtiendo millones en modelos importados cuando la realidad dominicana tiene características propias que solo nuestros especialistas conocen a profundidad?
No todo lo que funciona en otro país necesariamente funcionará aquí.
La institucionalidad tampoco puede seguir dependiendo de la voluntad de quien ocupe temporalmente un cargo.
Las instituciones fuertes sobreviven a los funcionarios.
Se construyen sobre reglas claras, continuidad, evaluación permanente y rendición de cuentas.
Mientras eso no ocurra, seguiremos anunciando reformas que no logran convencer a una ciudadanía cada vez más escéptica.
La seguridad ciudadana no admite improvisaciones.
La confianza tampoco.
La República Dominicana necesita una Policía respetada porque actúa correctamente, no porque inspire temor.
Necesita ciudadanos que vuelvan a creer en sus instituciones.
Necesita autoridades que escuchen más a quienes conocen la realidad del país y menos a quienes pretenden aplicar fórmulas que no responden a nuestra cultura ni a nuestros desafíos.
Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente cómo reformar la Policía Nacional y comenzar a preguntarnos cómo reformamos la educación, cómo fortalecemos la familia, cómo consolidamos la institucionalidad y cómo formamos mejores ciudadanos.
Porque la calidad de una Policía nunca será superior a la calidad de la sociedad que la forma.
Esa es la discusión que debemos dar.
Y esa, quizás, sea la única reforma capaz de transformar verdaderamente el futuro de la República Dominicana. «La Reforma a la Educación».



