Dr. Rafael Guerrero Peralta
Schloss Neuschwanstein, acuarela atribuida a Adolf Hitler, 1914.
Hay imágenes que adquieren un significado completamente distinto cuando conocemos las manos que las produjeron.
La acuarela que acompaña estas líneas representa el castillo de Neuschwanstein, en Baviera. A primera vista podría ser simplemente la obra de un joven interesado en la arquitectura, el paisaje, las formas y la belleza. Pero cuando descubrimos que fue pintada por Adolf Hitler, la contemplación deja de ser inocente.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿cómo unas manos capaces de buscar la belleza terminaron conduciendo a una nación hacia uno de los períodos más oscuros de la historia humana?
La pregunta merece cuidado. Sería históricamente irresponsable afirmar que Hitler se convirtió en dictador porque fracasó como artista o porque fue rechazado por la Academia de Bellas Artes de Viena. Entre aquel joven que pintaba edificios y el Führer del Tercer Reich ocurrieron acontecimientos extraordinarios: la Primera Guerra Mundial, la derrota alemana, Versalles, crisis económicas, convulsiones políticas, nacionalismo radical, antisemitismo y el progresivo desarrollo de una ideología totalitaria.
Todo eso ayuda a comprender el escenario.
Pero no resuelve completamente el misterio del hombre.
Hitler no nació dictador. Hubo un proceso de transformación política, ideológica y moral. Y precisamente allí reside la reflexión que aquella acuarela puede provocar más de un siglo después.
El joven que observaba edificios para reproducirlos con un pincel terminó gobernando un régimen que destruyó ciudades.
El hombre que aspiró alguna vez a ser reconocido por aquello que podía crear terminó siendo universalmente conocido por aquello que fue capaz de destruir.
La contradicción es estremecedora porque revela algo que con frecuencia preferimos ignorar: la sensibilidad estética no garantiza sensibilidad moral.
Se puede admirar la pintura y despreciar al hombre. Se puede escuchar música extraordinaria y aceptar la intolerancia. Se pueden poseer conocimientos, cultura e inteligencia y utilizarlos al servicio de causas profundamente inhumanas.
Alemania constituye una demostración histórica particularmente inquietante. No era una sociedad desprovista de universidades, científicos, filósofos, músicos, escritores o juristas. Era una de las grandes culturas europeas. Sin embargo, dentro de ella pudo levantarse un sistema que convirtió progresivamente la discriminación en legislación, el odio en doctrina, la obediencia ciega en virtud y finalmente el asesinato masivo en política de Estado.
Por eso educar no puede consistir solamente en transmitir conocimientos.
Una sociedad puede formar excelentes profesionales y fracasar formando ciudadanos. Puede desarrollar extraordinarias tecnologías y carecer de brújula moral para utilizarlas. Puede alcanzar enormes niveles de progreso material mientras retrocede en respeto, tolerancia, justicia y dignidad humana.
Esa advertencia trasciende a Hitler.
Pertenece a todas las épocas.
Las grandes degradaciones morales generalmente no comienzan con los grandes crímenes. Empiezan mucho antes: cuando normalizamos el desprecio; cuando convertimos al diferente en enemigo; cuando aceptamos pequeñas injusticias porque nos resultan convenientes; cuando el fanatismo sustituye a la razón; cuando dejamos de escuchar; cuando una sociedad comienza a justificar moralmente aquello que antes habría condenado.
Después puede llegar el poder.
Y cuando el resentimiento encuentra poder, instituciones, propaganda y multitudes dispuestas a obedecer, aquello que comenzó dentro de algunos hombres puede terminar transformándose en tragedia colectiva.
Por eso la historia debe enseñarse no solamente para conocer lo que ocurrió, sino para reconocer las señales que permitieron que ocurriera.
Hitler murió en 1945. Las circunstancias históricas que hicieron posible el Tercer Reich pertenecen a su tiempo. Pero algunas debilidades humanas que facilitaron su ascenso continúan acompañándonos: el fanatismo, la intolerancia, la manipulación de las masas, la fascinación por el poder absoluto, la necesidad de fabricar enemigos y la peligrosa disposición a sacrificar principios cuando creemos que hacerlo beneficia nuestra causa.
Quizás por eso aquella acuarela merece algo más que curiosidad.
Merece silencio.
Porque frente a ella podemos contemplar un castillo, unas montañas, árboles y la delicadeza de un pincel. Nada anuncia todavía las ruinas que vendrían después.
Y allí aparece la verdadera advertencia.
Las mismas manos humanas pueden pintar, construir, sanar y crear; pero también pueden destruir. La civilización consiste, en buena medida, en enseñarles a elegir.
A las nuevas generaciones no basta con entregarles conocimientos, profesiones, tecnología y capacidad para competir. Tenemos también la obligación de transmitirles una arquitectura moral que gobierne aquello que algún día tendrán en sus manos.
Porque el talento puede producir belleza.
El conocimiento puede producir progreso.
El poder puede transformar sociedades.
Pero solamente el carácter moral puede impedir que todas esas capacidades terminen siendo utilizadas contra el propio ser humano.
Quizás esa sea la lección silenciosa de aquellas manos que alguna vez pintaron acuarelas.
Dr. Rafael Guerrero Peralta




