Los resultados del informe PISA vuelven a colocar a la República Dominicana frente a una realidad que durante demasiado tiempo hemos tratado como si fuera nueva: tenemos un problema profundo con la educación. Cada vez que aparecen cifras que nos sitúan entre los últimos lugares, la reacción inmediata es buscar culpables en el Gobierno, el Ministerio de Educación, los maestros o las escuelas. Todos tienen una cuota de responsabilidad, pero reducir la crisis educativa únicamente al Estado sería una forma cómoda de evitar una pregunta mucho más incómoda: ¿qué valor le estamos dando realmente a la educación como sociedad?
Desde PROTOCOLO RD conocemos esa realidad de cerca. Cada día hacemos, como se dice popularmente, de tripas corazón para crear conciencia sobre la importancia de la formación, especialmente en el área técnica. Desde que abrimos nuestras puertas hemos observado que todavía son pocas las personas que entienden la educación como una verdadera inversión personal y profesional.
Quienes se acercan con verdadero interés suelen ser aquellos que desean crecer, prepararse y mejorar su entorno. Sin embargo, esa voluntad continúa siendo insuficiente frente a las necesidades del país. El resultado de PISA no hace más que reflejar algo que muchos venimos observando desde hace años.
La contradicción resulta aún más evidente cuando miramos hacia fuera. Nuestro instituto ha alcanzado reconocimiento en Centroamérica, en algunas islas del Caribe y en países como México y Chile, donde existe interés por nuestro sistema de formación. Mientras tanto, dentro de nuestro propio país todavía enfrentamos una cultura que muchas veces quiere obtener el resultado sin atravesar el proceso de preparación que ese resultado exige.
Hay personas que realizan un curso y poco después consideran que ya están preparadas para enseñar. Se confunde haber recibido información con dominar una disciplina. Formar a otros requiere conocimiento, experiencia, responsabilidad y respeto por el oficio, y cuando eso se pierde también estamos hablando de una falla educativa.
Pero el problema comienza mucho antes de que un niño entre a un aula. La educación nace en el hogar, donde se aprenden los primeros valores, la responsabilidad, el respeto y la convivencia. Empieza cuando un niño aprende a decir «buenos días», «gracias» y «por favor», y cuando entiende que debe escuchar, respetar y asumir las consecuencias de sus acciones.
Es importante reconocer que existen padres comprometidos que acompañan y supervisan la formación de sus hijos. Sin embargo, también se ha normalizado la idea de que basta con llevar a un niño a la escuela para que allí lo eduquen de la A hasta la Z. Se espera que el plantel enseñe conocimientos académicos, pero también urbanidad, moral, civismo, disciplina y comportamiento.
La escuela puede reforzar valores y ampliar la visión de un estudiante, pero no puede sustituir completamente el papel de la familia. Cuando el hogar renuncia a esa responsabilidad, el sistema educativo termina intentando corregir en unas horas aquello que no se trabajó durante años. Esa carga no puede recaer exclusivamente sobre maestros y centros educativos.
Nuestra crisis educativa también se refleja fuera de las aulas. Se hace evidente cuando respondemos sin haber leído, opinamos sin investigar o reaccionamos a un titular sin conocer el contenido. Muchas veces no escuchamos a nuestro interlocutor porque estamos demasiado ocupados preparando una respuesta.
Esa incapacidad de leer, escuchar, analizar y construir una opinión con fundamento también forma parte del problema. Vivimos en una época en la que muchas personas sienten la necesidad de opinar de inmediato, pero no necesariamente la misma necesidad de informarse primero. La educación también consiste en aprender a detenernos, comprender y pensar antes de reaccionar.
Hablar de educación también obliga a hablar de identidad. Educar a un país no consiste únicamente en preparar estudiantes para obtener mejores resultados en una evaluación internacional. También significa enseñarles quiénes son, de dónde vienen, qué representa su cultura y cuál es su responsabilidad con la sociedad a la que pertenecen.
Cuando existe identidad, existe un mayor sentido de pertenencia y una mayor disposición a valorar lo propio. Somos una nación caribeña con enormes riquezas humanas, culturales y naturales, pero no podemos proteger aquello que desconocemos ni valorar aquello sobre lo que nunca hemos aprendido. Una sociedad que pierde su identidad también pierde parte de su capacidad para proyectarse hacia el futuro.
Si las nuevas generaciones pierden el hábito de leer, comprender y analizar incluso los asuntos más sencillos, el daño no se limita a una generación. Con el paso del tiempo se deteriora la capacidad crítica de toda una sociedad. Y sin pensamiento crítico resulta mucho más difícil construir ciudadanos responsables y profesionales preparados.
La educación sigue siendo una de las herramientas más eficaces para el progreso de cualquier país, pero no puede tratarse únicamente como una obligación del Estado. Esta es una deuda que se ha acumulado durante décadas y que exige responsabilidad compartida entre las instituciones, las familias, los educadores y los propios ciudadanos.
Probablemente una parte importante de la población dominicana ni siquiera sabía qué era el informe PISA hasta que sus resultados volvieron a convertirse en tema de conversación. Podemos indignarnos porque el país aparece por debajo de otras naciones, incluso algunas que atraviesan circunstancias extremadamente difíciles, pero la indignación por sí sola no transforma un sistema educativo.
El verdadero cambio comienza mucho antes de cualquier evaluación internacional. Comienza en el hogar, continúa en las aulas y se demuestra todos los días en la manera en que leemos, escuchamos, aprendemos, enseñamos y asumimos nuestra responsabilidad como sociedad. Si queremos mejores resultados, primero tenemos que reconstruir el valor que le damos a la educación.




